Nuestro viaje a Lanzarote

Publicado el 18 mayo 2026 | Archivado en Actividades Socios, Otras noticias, Viajes | Salir del comentario

Hacia «las queseras» de Zonzamas. Día 2.


Fascinados por la riqueza geológica, cultural e histórica de Canarias, un numeroso grupo de la Asociación de Exbecarios Fulbright visitamos, poco antes de Semana Santa, la isla de Lanzarote. Del total de cuarenta participantes, la mayoría éramos “reincidentes”. En 2025 y 2003 habíamos recorrido también la isla de La Palma y la de Tenerife. En las tres ocasiones nos sedujo sin pestañear la convocatoria de nuestro compañero canario Agustín Guimerá, experto investigador de historia moderna del CSIC y magnífico líder de grupo por su erudición y simpatía. Con una retaguardia logística de élite: Ángel Álvarez, profesor de la escuela de Teleco, “cuántico”, ya que se ocupa de casi todo en la Asociación; Maite Ortega, también investigadora de lenguas semíticas del CSIC, y mujer de Agustín, siempre al pie del cañón; así como muchos otros entusiastas colaboradores, entre familiares, amigos y fuerzas vivas. No era de extrañar que se sumaran al reclamo ­–en esta ocasión y alguna anterior– tres Fulbrighters alemanes (uno de origen ucraniano), dos húngaros y tres españoles de origen estadounidense y escocés. ¡Y dos jóvenes becarias ­–una de ellas acompañada por su marido–, gracias a la ayuda económica concedida para ello! Estrella Rausell, nuestra presidenta, aunque no pudo acompañarnos, dio por inaugurado el periplo desde la distancia.

Día 4. Atardecer desértico en la playa de El Reducto.


Con esta amalgama, muy Fulbright, nos lanzamos a recorrer y disfrutar durante cinco inolvidables días. Lanzarote. Buena temperatura, sol, nubes, viento pertinaz. Luz ocre de polvo sahariano. Verde insólito de lluvias mil.




Primer día.
Centro de operaciones en Arrecife, la capital. La mayoría, alojados en el recomendable Hotel Lancelot, con vistas a la playa del Reducto y al Arrecife Gran Hotel. Está a un corto paseo de El Islote de Fermina –una importante armadora de principios del s. XX–; un lugar de ensueño diseñado por el creador y activista César Manrique, impulsor del desarrollo sostenible de la isla a partir de mediados de los años 60. Allí se come de maravilla y sus postres son de primera. Acoge un museo dedicado a la bahía de Arrecife. Dentro de la ciudad, está el Centro de Innovación Cultural El Almacén, con su bohemio Bar Picasso, que fundara y frecuentara Manrique. Y, un poco más lejos, el Puerto y El Charco de San Ginés, donde nos congregamos todos por noche en la terraza La Raspa.

La playa de El Reducto bajo la calima (izquierda) y El islote de Fermina (derecha).


Segundo día.

Amapolas junto a la Fundación César Manrique.



Empieza lo bueno. Saliendo de Arrecife paramos ante el Castillo de San José, fortaleza estratégica de tiempos de Carlos III. En él se aloja hoy el Museo Internacional de Arte Contemporáneo, proyecto también del artista canario, y un buen restaurante panorámico sobre la bahía. Después nos trasladamos a la Fundación César Manrique, otro lugar paradisíaco. Y el regalo de una primavera explosiva: campos de cuajados de amapolas que contrastaban con el blanco y verde de la Casa Museo del Campesino y su monumento, ambos manriqueños. Comimos rica comida casera y espectacular pastel de queso local en el restaurante La Barraca, en San Bartolomé. Anduvimos, campo a través, hasta el yacimiento arqueológico de Zonzamas ­­– el rey–, para ver las “queseras”, hendiduras rectangulares en la roca –para uso ritual– y grabados de la cultura de los majos, o maxos, antiguos aborígenes de Lanzarote (s. I a. C.-XV d. C.). Y terminamos en uno de los “Pueblos más bonitos de España”: Teguise, que sigue siendo considerada la capital eclesiástica de la isla, al contar con la imponente parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe. Además de sentirse orgullosa de uno de sus oriundos: el investigador e historiador José Clavijo y Fajardo, destacado miembro de la Ilustración española.

Paradita en la Casa Museo del Campesino (izq.) y comiendo estupendamente en el restaurante La Barraca en San Bartolomé (der.).


Tercer día.

Sigue genial. Rumbo al norte de la isla hasta el Mirador de Guinate para contemplar, desde 500 m de altitud, el Parque Natural Archipiélago Chinijo, eso sí, azotados por los vientos alisios del océano. Y el plato fuerte, aunque bastante turístico: Los Jameos del Agua, obra cumbre de Manrique, al haber sabido aprovechar un tramo del techo que se hundió del tubo volcánico de La corona, uno de los más largos de la Tierra. Preside el lugar una escultura que representa a una especie endémica de cangrejo ciego que habita en el lago natural que hay entre el «Jameo Chico» y el “Grande” y en el llamado Túnel de la Atlántida que conecta los Jameos con el océano. Y allí, también, visitamos la Casa de los volcanes, estupendo museo asociado con el Laboratorio de Geociencias de Lanzarote (LGL). Cerca de la localidad de Haría visitamos Punta mujeres, un pueblo blanco que contrasta con sus charcas de piedra negra en el mar, y en el restaurante El Lago degustamos pescado fresco regado con vino de malvasía volcánica de Lanzarote de El grifo. Después nos dimos un paseo hasta la Casa China o de Arrieta, capricho arquitectónico de un indiano de Haría que la construyó en 1916 como balneario de reposo para su hija enferma. De vuelta a Arrecife, pasando ante un cegador Charco de San Ginés debido a la caída del sol dimos un paseo hasta el Castillo de San Gabriel, pequeña fortificación construida en el s. XVI y situada en un pequeño islote unido a la costa por dos puentes­, para proteger la isla de los ataques piratas. Hoy alberga el Museo de Historia de Lanzarote.

Parque Natural Archipiélago Chinijo desde el Mirador de Guinate (izq.) y los famosos «Jameos del Agua» (der.).


Asedio al Castillo de San Gabriel.

Cuarto día.

Entre la tierra y el cielo. Parque Nacional de Timanfaya: ¡Con los pelos ­–literalmente– de punta por el viento! Timanfaya es el resultado de las erupciones volcánicas sucedidas entre 1720 y 1736, y en 1824. Tras un par de espectaculares demostraciones geotérmicas, nos asomamos a la “parrilla volcánica” (100-120 °C) del restaurante El Diablo, seguido del recorrido en “guagua” por la Ruta de los Volcanes. No acompañó una guía muy preparada que nos explicó cómo se formó ese paisaje geológico, aún tan joven y de extraña belleza, caracterizado por la ausencia de vegetación ­–solo hay líquenes­–, las siluetas de los volcanes y la abrupta costa.
Poco más tarde, sentados en la terraza, pudimos disfrutar del sol de la mañana, durante la degustación de los reputados vinos de la Bodega La Geria, aunque duró poco, porque nos esperaba un delicioso almuerzo en el restaurante de la Finca La Florida, un tentador hotelito rural con huerta incluida para los huéspedes. Para finalizar el día fuimos al muy turístico Puerto del Carmen del municipio de Tías que presume con su lujoso y exótico Hotel Fariones, junto a la Playa grande.

El inefable Parque Nacional de Timanfaya, desde el autobús turístico (izq.). Tras la cata en la bodega La Geria, muy felices junto a sus ingeniosos viñedos sobre suelos volcánicos, protegidos del viento y la falta de agua (der.).


Quinto día.
¡Alucinante! Salida hacia las Salinas de Janubio, activas todavía, situadas en una laguna de origen volcánico, con valor paisajístico, científico y ecológico. Después, el Geoparque del volcán El Golfo, que se creó hace dos millones de años a partir de una erupción hidromagmática que conformó los anárquicos depósitos estratificados de la pared interior del anfiteatro y el Charco de los Clicos, que debe su color verde a unas algas microscópicas que habitan en él. No es de extrañar que en este lugar se rodaran algunas escenas de la mítica película Hace un millón de años, en concreto la del rapto por los aires de Rachel Welch por un más que improbable animal volador del Triásico. Después de la caminata: comida de la buena en el restaurante Casa Ignacio, en Tinajo. De sobremesa: visita optativa a la Casa José Saramago, residente temporal de Tías, al igual que el también escritor canario Alberto Vázquez-Figueroa. Y como broche de oro del viaje: concierto al piano-jazz por nuestro amigo de origen ucraniano, alias Comanchero, en el Arrecife Gran Hotel, mientras el resto bebíamos o bailábamos, a la luz del crepúsculo. Porque, como confesara César Manrique: “Yo amo cada pedazo de piedra, las flores, la luz, las estrellas”.

Visita intelectual a la casa de José Saramago (izq.) y una alucinación de hace millones de años: el ¡Charco de los Glicos! (der.).

Arrecife «by night», desde el cielo de su Gran Hotel.

Texto y fotos (salvo las de grupo): E. F.

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